Hacerte la víctima se te da tan bien como a mi hacer que no te conozco.
Me alejé, desaparecí del mundo. Para que cuando volviese poder encontrarme de nuevo, para renacer donde fallecí.
No solía pensar que aquel día llegaría. Cuando lo hacia, mi corazón se asfixiaba y mis ojos no me respondían, solo me salia darme golpes en la cabeza, algo que me dejara inconsciente durante un rato. Cuando despertaba no recordaba nada, pero sentía que algo malo pasaría. No pasaron más de 300 años cuando me ví en aquella sala de espera, una sala un tanto hortera con olor a lejía, permanecía sentada, escuchando su respiración, algo que mis oídos no soportaron y rompí a llorar. Todo se acababa, mi alma se arrancaba. Sentí su triste mirada sobre mi y con un beso me despedí.